Ir al contenido principal

Entradas

Las verdes ideas incoloras

La ciencia cognitiva nos devuelve al binomio alma-cuerpo. Reciclamos el concepto y actualizamos la terminolgía. La mente es el software. El cerebro es hardware.
Quizás de puro supersticioso, en un querido sarcófago de cartón, guardo el cadáver verde y brillante de un cartucho de Nintendo. Su morfología no permite descifrar qué clase de espíritu la habitaba. No hay nada en esos senderos dorados que recuerde al plomero italiano de mostacho oscuro que comía hongos para crecer y flores para ser indestructible. Ese cuerpo quieto no se le parece en nada.
Será que nunca estuvo ahí. Que el laberinto al que la luz era sometida, despertaba en mi mirada un ser inmaterial. La vida está del lado del que ve, nunca en la cosa. Quien lea hoy o mañana este acertijo seguramente participe de la misma maravilla. 

Entradas recientes

Antimetáfora Gastronómica #1

#1. Qué té querés.

Cuando el abanico de infusiones adecuadas para un momento determinado se ramifica en exceso, se vuelve necesario un tipo de cálculo cuya fórmula está al alcance de muy pocos. Elegir té supone un algoritmo prácticamente incomputable. Lo más fácil, por lo general, es elegir un té común. Responde a parámetros medianamente estandarizados. Pero quien quiera ensayar la perfección (que no es sino una experiencia) debe considerar una cantidad inagotable de variables, entre las cuales podemos suponer:

Las cualidades de la comida que se está digiriendo en ese preciso momento. La textura del saquito al presionarlo con la cuchara. La composición mineral u origen del agua. La hora y la distancia del sueño. La disposición astronómica. El principio de sinestesia. La compañía humana.
Es esperable, entonces, que pienses tanto después de una pregunta tan sencilla.

Rhythm & Blues

Aquiles y el rey David eran cantores. Es decir, poseían facultades y entrenamiento mnemotécnico. O también, viéndolo de otro modo, eran dueños de un saber rítmico, conscientes de que el ritmo es la memoria de la Naturaleza. Héroes del tiempo de la oralidad primaria, tan conjetural como los dinosaurios, se hicieron eco, ritmo espacial, reverberancia. El dinosaurio me mira. Su cara de fósil mineral se tuerce en una mueca de desprecio. –¿Conjetural? Me esfuerzo en reconstruir una imagen poética de la era Mezozoica, cosa que el falso reptil interpreta como una absoluta falta de fe. –A las pruebas científicas me remito. Y yo, hablando de David y Aquiles para un muñeco de piedra con forma de dragón, intento abarcar el sentido rítmico de la transmisión. La molécula como un compás. Me refiero a los patrones, quiero decir, a los jefes. Él no entiende de oralidad.
Y el dinosaurio está ahí. Todavía.

TOC

El problema parece estar del lado del mensajero. El comunicador que vuela de una neurona a otra buscando su goce y encuentra que no hay mejor placer que viajar absurdamente. Se siente poseedor de una verdad que escapa a la mayoría de sus pares: “se hace camino al andar”. Por eso viaja por espacios prolongados, buscando el modo de demostrar que nada tiene sentido, que la repetición es un negocio acertado, y que es mejor coexistir con el patrón que aventurarse al fracaso inevitable de la anarquía.  Está claro –lo dicen los manuales en los que constan las cosas claras– que no hay nada que no sea hereditario. Lo sospechaba la Mitología mucho antes de que existiera la excusa del genoma. Por mi parte, sé que he heredado las más exquisitas aberraciones. Y en lo que me toca como padre, tal vez me avergüence un poco de sentirme satisfecho por haberle transmitido a mi hijo el defecto de sufrir aparatosamente cualquier tipo de asimetría.

Domine-moi

Ella es todo lo que no se supone. Yo, Narciso en jaque mate.  No son espejos sus ojos felinos, sino abismos de lo otro. Algo imposible de poseer –valga infinitas veces la aliteración–, que me hace inevitablemente suyo. Con total ineptitud trato de seguir mi guión, mi propia lectura del esquema. Pero ella vino para cambiarlo todo, para infectar el sentido con un universo completamente ajeno y despreciable.  Abre sus piernas de alienígena y no deseo otra cosa que una cadena en mi cuello para ser ganzúa sujeta a su llavero. ¡Domine-moi! Cubre su desnudez con criaturas muertas y quiero ser la piel que adorna su cuello imperfecto. ¡Domine-moi!  El amor no existe. Mi guión revela huecos semánticos. La Venus no vino a llenar de sentido el texto. Vino a instalar madrigueras, agujeros inéditos, mazmorras nuevas donde habitaré impaciente esperando que su boca de trufa vuelva a pronunciar mi nombre.
La Vénus à la fourrure, Roman Polanski, 2013

Gallito fósil

No se puede domesticar un monstruo. La literatura y el cine alimentan la morbosa fantasía de la Bella capturando el corazón de la Bestia, convirtiéndolo en un príncipe desesperado. Pero el engendro, en pleno ejercicio de su legítima defensa, no puede dejar de ser atroz.  La calavera ovalada del tiranosaurio parece mirar por los agujeros donde pudo haber ojos de gallo, pestañeando atentos a cada movimiento de sus presas. El pico, infestado de dientes, me sonríe.  Sé que no sos una gallina, intento decirle para que vuelva a sentirse monstruoso. Aunque el alud de desmitificaciones que inauguraron el nuevo siglo se afane en demostrar que no hay nada que temer, que el animal es un servidor público, un pollo manso que me saluda arqueando la cresta roja.  Su pisada tríptica es la misma que hace sesenta y siete millones de años. Y sigue pisando para reproducirse. En el corral o suelto en el campo, picoteando maíz con cara de hipócrita, no deja de parecerme aberrante. Es una criatura al servi…

Muela de juicio

Es un arcaísmo, como toda legislatura, pero se le dice así al tercer molar. Y esto es porque la muela, como el juicio, emerge al promediar la adolescencia. Frente al juicio flamante, al entendimiento de estreno, las autoridades recomiendan su extracción en la mayoría de los casos.  Se quita lo que duele, lo que no encaja, lo que viene torcido, lo que llega tarde y así nos conformamos con dos molares por cuadrante hasta que las caries logren agenciárselos definitivamente.  Pero ahí donde el discernimiento joven había erupcionado oblicuamente, ahora hay un hueco. Y como en todo agujero, ahí habita un fantasma. Intento chupar su ectoplasma con la parte más incómoda de mi lengua, con la más inmóvil, con la más escasa de papilas gustativas, sólo por la nostalgia de una sensatez perdida.