lunes, 17 de mayo de 2010

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Confesión del Viento

Lejos, diametralmente distante del paisajismo básico, me detengo a observar un poema que venía escuchando sin mucho interés. Se trata de este poema de Roberto Yacomuzzi musicalizado por Juan Falú.
Decir que fue concebido en el aire pampeano es, en este caso, decir mucho más de lo que parece. No es una mera referencia geográfica. Hay algo de flecha en el blanco, algo de acierto quirúrgico, algo de nódulo, de centro, de arteria. Es que su autor puso en el Viento un poeta romántico, casi un héroe romántico.
Toma los elementos (descarnados, suspicaces) y los lleva en un cono entre sus manos. Los eleva para bajarlos (¿qué otra cosa podría hacer el viento?), y los pone en relación, los entremezcla, los entreteje, siendo él mismo escalpelo y sutura.

Confesión del Viento (Escuchar)
Roberto Yacomuzzi / Juan Falú

El viento me confió cosas
que siempre llevo conmigo,
me dijo que recordaba
un barrilete y tres niños,
que el sauce estaba muy débil,
que en realidad él no quiso,
que fue uno de esos días
que todo es un estropicio.

Me dijo que los pichones
a veces de apresurados
caen al suelo indefensos
y él no consigue evitarlo.
Me habló de arenas de agosto,
de cartas de enamorados,
del humo en las chimeneas,
del fuego abrazando el árbol.

Iba quebrado de culpas
y seguía confesando.
En su lomo de distancias
no cabalgaba ni un pájaro.
Era un fantasma ese viento,
un alma en pena penando
y en ese telar de angustias
tejió sus babas el diablo.

Me dijo que recordaba
que en realidad él no quiso.
un barrilete y dos niños.
Me habló de arenas al cielo
y chimeneas al piso,
de cartas de enamorados,
que todo es un estropicio.

Era un fantasma ese viento,
tejió sus babas el diablo,
iba quebrado de culpas
y no consigue evitarlo.
En ese telar de angustias
el fuego abrazando el árbol,
el sauce estaba muy débil
y seguía confesando.

Le pregunté por las chapas
del techo de los de abajo
dijo: “el hombre ha de luchar
para conseguir los clavos
en vez de hincarse a rezar
para olvidar sus quebrantos
o de sentarse a esperar
regalos eleccionarios”.

Me sorprendió la respuesta
pero no quise atajarlo,
pues cuando lleva razón
vaya, ¡quién quiere pararlo!

El viento me confió cosas
que siempre llevo conmigo,
que siempre llevo conmigo.