jueves, 20 de mayo de 2010

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Medular

Tiene que ser un esdrújulo, algo con nombre escatológico, muchas jotas y vocales cerradas y sonidos guturales impronunciables. Tenés que ser un esdrújulo, incipiente, vulcánico, brillante y oleoso al lado de mi nariz. Al lado de la nariz en el espejo del baño. Tan agudo en la cima como grave en la base, dolías y dolés.

Te veo en el espejo, acumulando humores por adentro, forzando la nariz a alejarse oblicua de su fuero. Aterrada, como queriendo salvarse de esa inminente y feroz fatalidad. Quiere oler más allá, quiere escaparse de. Era preciso extirparlo. Pero ante la sola idea de verse reventar tan indignamente, la bestia escatológica, temeraria, pujaba con más fuerza apelando a la mayor dolencia concebida. El dolor, o su inminencia, es la causa de mi inercia estática, hoy como ayer. Era preciso estallar desde las vísceras. Y mientras tanto vos, que te burlás de mí desde el espejo, perversa y cínica, acentuada y rígida, replegada a las antepenúltimas sílabas de tu existencia con el único objetivo de romperme las pelotas. Pero ahí estás, parapetado al borde del hueco derecho de la nariz en el espejo, maquinando torturas medievales desde el abismo, desde tu magma bioquímica. Acechás.

Y ante la mirada oblicua, ante la Implacable, te arraigás con más y peor vehemencia a la piel al nervio al hueso a las raíces de calcio a la médula. Y en mi cabeza desfila un centenar de imágenes grotescas: la calle ha puesto su atención en mí, soy fluorescente y tengo un mástil blanco en medio de la cara, obelisco lubricado, miembro viril desubicado, y la gente me mira pero no me ve oculto detrás de la torre, a la sombra del esdrújulo –porque tiene que ser un esdrújulo, un sarcófago, un panegírico y las imágenes rompen su formación al grito agudo del soldado que dijo ¡Ay, la reputísimamadre! Y todo el público desapareció para dejarme solo frente al espejo–.

El esdrújulo incandescente satura la imagen, y el espejo, a quien no le duele, a quien no le pasan las cosas se burla de mí describiendo mi dolor con un gesto retorcido, con una mueca de asco.

¡Mesías! Los dedos llegarán pronto. Unas uñas no muy largas se remontarán desde todos los frentes para incrustarse en los flancos furibundos del esdrújulo para revolucionarlo, para subvertirlo hasta el empacho más repugnante. Pronto, aunque no todavía, la verdad reventará frente a la imagen diagonal y refractada de la revolución. Pero todavía el dolor hormiguea desde los tobillos hasta el entrecejo. Todavía se paran los pelos de la nuca.

JPC