sábado, 12 de noviembre de 2011

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Eventración embarrocada

Al salir de las fauces lacrimosas, el Heraldo jadea. Se afirma sobre un colmillo y se escupe la palma de una mano para peinarse. Un aliento antes de salir, blandiendo ganglios y amígdalas tintineantes, exagera un ademán e implora al tiempo que transmita en cámara superlenta.
–Saldré a tu encuentro –pensó como proponiéndoselo en serio– cuando zumbe el rayo oblicuo sobre el borde del lóbulo terrestre que caerá luego al mar para mutar en moneda argentina
 Se soltó y corrió paladar arriba. Al umbral de mandíbulas cromadas.
–No me dejes solo.
–No te dejaré.

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