viernes, 2 de diciembre de 2011

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Siete por tres

La edición de Minotauro de La Naranja Mecánica (6ta ed., 2010) incluye una introducción firmada por el propio autor en noviembre de 1986. La nota consiste en una brevísima monografía de estilo confesional, donde el autor (que ahora respeto más) nos revela con toda sinceridad que su novela apesta. Como paratexto lo veo inmejorable:
...Es altamente probable que sobreviva, mientras que otras obras mías que valoro más muerden el polvo...
Después de lamentarse por el deber de continuar publicándola, relata sus desencuentros con el editor norteamericano y las dificultades de interpretación, por la exclusión del capítulo veintiuno en el que el antihéroe completaría su pathos heroico.
Me pregunto: ¿Qué hay de lícito en esa intromisión? ¿Qué clase de poder puede tener un autor sobre lo escrito? El mismo hecho de tener que escribir esa introducción, en la que hasta parece disculparse por el uso del lenguaje nadsat, nos da el pie para desautorizarlo. 
Ya nada tiene que ver Anthony Burgess con su fruta autómata. Nada que hacer. Nada que decir.
Por eso es más valioso, porque pone de manifiesto la imposibilidad de la coherencia.