domingo, 20 de mayo de 2012

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Beber en monstruo

Laiseca / Beber en rojo (Drácula) 

(Reseña para Revista Tela de Rayón)

Si, como dijo Borges, cada escritor engendra su propios antecesores, aquí Laiseca, devenido anti-autor no solo los nombra a todos y cada uno, sino que los pone en juego. En una reescritura del todo intencionada del Drácula de Stoker, nos propone una novela metaliteraria, plagada de citas y paráfrasis, que es “única en su especie” (como lo es todo monstruo) y que no sólo dialoga con la historia de la literatura de horror sino con la propia obra del autor, incluyéndola oblicuamente en la tradición que estudia y genera al mismo tiempo. 
Los personajes de Stoker, recreados en un castillo actualizado del Conde, que tiene mucho de la casa Usher, están librados a una dialéctica desde la que se elabora no solo una antología de horror muy bien delineada sino también una suerte de manifiesto estético, en el que el autodeclarado monstruo de la literatura argentina expone su inextinguible apología de lo monstruoso en el arte y la relación fundamental entre miedo y erotismo. 
Se trata también de mostrar y encarnar (valgan todas las acepciones y etimologías de ambos términos) lo bestial en la literatura. Como eso de que “lo que no es exagerado no vive”, así exagera y delira, mostrándose parte de lo que narra, que es su propia vida literaria. Conjuga todos los elementos del género y aporta su propia lectura del sadismo como “último refugio de los románticos”. Tampoco deja de mencionar su oposición al ojo académico que margina al best seller por su capacidad para captar lectores y a esa segregación que el Canon hace de la llamada literatura menor. 
Sosteniéndome de las pestañas hasta terminar la novela, el Maestro me obliga a leer con sus ojos, me corrige y me exige igualarlo en todo a una verdadera criatura del terror, porque sorprende su capacidad para manifestarse y hacerse de voces con las que provocar espanto y admiración. Vampiro de vampiros, sorbiendo la vida que todavía late en las obras inmortales para garantizarse la propia inmortalidad, Alberto Laiseca demuestra una vez más que la literatura no nace del papel en blanco, sino de lo escrito.