miércoles, 2 de mayo de 2012

De la hospitalidad magrebí

¡Bendito seas, Gantohus! Le digo y hago una reverencia. Él bendice la comida y luego del almuerzo, su hija Amira sirve el postre. Los ojos de Amira tienen la magia de una noche de luna, y yo creo estar soñando, empapado en el tenue narcótico de su mirada, no siento el peso de mi cuerpo y soy uno con la noche como el brillo ligero de la estrella más lejana que, por débil que se sienta, se vuelve imprescindible para que la constelación cobre forma.
Gantohus me habla de las noticias que traen las caravanas, del comercio, de la historia de su ciudad, de la grandeza del imperio Almohade, del inminente desposorio de su hija mayor, de sus conocimientos del Libro del Profeta, pero no tiene idea de la guerra de la que me habían hablado los nómades el día anterior. No indago sobre este asunto, más por perplejidad ante la forma en que se vivía en Rabat un momento supuestamente tan aciago, que por temor a que el tema de la guerra lo ponga de mal humor.

En cambio, practico la conversación, rememoro anécdotas y refranes, recito unas jarchas en dialecto mozárabe y traslado los versos para que mi huésped los entienda. Él, por su parte, recita la historia de Antaram, un antiguo poeta árabe. Por sus venas corría sangre noble y sangre esclava. Su padre lo reconoció como hijo sólo cuando estuvo en problemas y ahí fue cuando, al ser salvado por su hijo y esclavo, le concedió el nombre y la libertad. Se convirtió entonces en el más célebre de los poetas guerreros de la antigua Arabia.
Gantohus recita muy bien, lleva en la infalible memoria de la sangre, la lengua perfecta de los hijos de la Media Luna. Todavía se emociona al pronunciar los versos:

La mitad de mi sangre es lo más puro de la tribu de Abs;
respecto de la otra mitad, sostengo su nobleza
con la punta de mi espada.

Luego del almuerzo, y de una apacible siesta en la que soñé que acariciaba el cabello lacio y negro de Amira, salgo a la calle y retomo el camino hacia la Dimmah para buscar a ese rabí que quizás sí sabía que se avecinaba una funesta guerra que acabaría con la grandeza de un imperio y que debía iluminarme acerca de qué partido tomar.

Ahora siento que mi huella queda grabada en la piedra sobre la que piso. Como si mi historia comenzara aquí en Rabat y nunca hubiese existido Hadi Ben Zalej hasta este momento. Soy narración de narración. No he crecido, me han reinventado muchas voces distintas. Mi aventura se escribe en los labios del trovador, la rapsodia es el cuerpo, el único cuerpo al que acude esta alma errante.

(Adelanto de mi novela Escrito sobre piedras, que se publica este año)