lunes, 7 de mayo de 2012

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El secreto del pájaro-momia

Entré al Museo Argentino de Ciencias Naturales con mi hijo y mi viejo y fue como si viviese en tiempos paralelos y sincronizados todas mis visitas a todos los museos. Me abstraía por momentos en las relaciones padre-abuelo-hijo-padre que se enredaban como estopa, como maraña de lazos que a veces saltan de un tiempo a otro, de un personaje a otro, necesariamente arbitrarios, inexorablemente repetitivos. Nos movíamos de una sala a otra rodando como cardo ruso, atentos a lo que cada escena inmóvil nos despertaba. 
Pero, si se trataba de lazos y oblicuidades, lo mejor nos esperaba en la sala de Aves. Ahí puede verse, desde 2010, una serie de vitrinas con aves embalsamadas en una representación de su hábitat natural. Contra un fondo fotográfico que nos mete en el paisaje, se superponen ramas y hojas, piedras y arroyos ficticios. Y escondidos entre estos objetos, los coloridos pájaros-momia miran atentos lo que sucede más allá de los vidrios que los separan de nuestra dimensión. Debajo de los cristales, botones de plástico invitan a niños y adultos a hacer cantar a los pájaros. 
De todo el recorrido de la exhibición, una escena en particular llama la atención de mi hijo y lo deja estupefacto: es la que presenta las aves de Buenos Aires, la menos interesante de todas, ya que esos ejemplares puede verlos vivos en cada plaza y en su propio balcón. No le llamaron la atención los pingüinos ni los pájaros de los bosques, ni los tucanes ni el colorido de las plumas tropicales. Se quedó parado frente a un manojo de palomas y gorriones embalsamados que fingían picotear un simulacro de empedrado o un semáforo pigmeo, y como telón de fondo, la foto de un taxi cruzando una calle porteña. 
Mi viejo y yo nos reimos de verlo tan atento a esa vitrina. Me pregunté si le habría impresionado ver aves tan cotidianas en estado de perpetua quietud, pero al acercarme y ver mejor empecé a sospechar qué era lo que estaba sucediendo en ese diorama en particular. Es que parte del decorado representaba típica una pared porteña, con pedazos de carteles pegados con engrudo y graffittis en aerosol. Y a un costado, como no queriendo ser el centro de atención, una imagen en stencil impresa sobre el ladrillo: la cabeza de un pájaro con un par de auriculares. Supe entonces que mi hijo había quedado enredado en el lazo inevitable del metalenguaje. Representación de representación, aquél pájaro escuchaba atento lo que nosotros cantabamos al presionarse un botón.