martes, 24 de julio de 2012

,

Lugares comunes

Tengo la costumbre de guardar pequeños objetos, fragmentos de cosas rotas, o elementos inclasificables en estantes o en algún lugar de fácil acceso visual. No por juntar mugre, sino porque tengo la convicción de que ese cosito (por llamarlo cariñosamente) tendrá significado en el futuro. Eso que hoy no parece más que basura, debe ser indudablemente valioso para otro yo futuro. Así es que mis estanterías, mesas y mesitas están, por lo general, repletas de pedazos de algo. 
A decir verdad, haciendo el repaso mental al que me obliga el párrafo anterior, no recuerdo haber usado nunca ninguno de esos objetos para algo específico, para nada. No se trata de una costumbre justificada en la experiencia, sino un mero acto de fe. Puedo incluso fantasear con la idea de que en un futuro indefinido, pero distante en el almanaque, todos y cada uno de esos componentes cobren un significado único y reclamen ser ensamblados en una misma maquinaria heterogénea que seguramente solucionará gran parte de los problemas que me aquejen a mí, o por extensión, a toda la humanidad. 
Pero también aparece, por momentos, la idea de que hay algo de boicot en esta manía. Porque es obvio que no todos estos fragmentos se quedan siempre en su lugar asignado. La mayor parte de las veces, las condiciones climáticas o la propia inestabilidad del mobiliario hogareño, hace que estos objetos rueden hasta caer y volver a perderse. Lo menos doloroso que puede ocurrir entonces es pisar por descuido una de estas piezas con el pie descalzo. Y digo lo menos doloroso, porque todavía puede ocurrir algo más escabroso, algo implacable: que la vida del coleccionista se reduzca a reclutar recuerdos fragmentados de sus experiencias inclasificables.

0 comentarios:

Publicar un comentario