viernes, 1 de marzo de 2013

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Juan del Monte

Recién anocheció y estoy sentado arriba de un árbol en medio de un jardín que me es muy familiar. En el campo, cerca de la calle, el árbol es lo único que me pertenece –o por lo menos, el único lugar en el que tengo permitido estar–. El paisaje me es familiar, como si me hubiese pertenecido en el pasado, pero apenas tengo nueve o diez años y no tengo otro pasado que éste. No obstante, sé que toda esta casa y todo este campo me perteneció. O fue propiedad de otro Juan. Uno mayor que yo, uno previo, con el que estoy emparentado de alguna manera. 
Se oyen ahora las voces de unos niños más o menos de mi edad. Vienen por la calle de tierra, arriando vacas u ovejas. Vacas, creo. Ignoro quiénes sean. No solía haber niños por aquí –aunque no tengo recuerdos claros–. Pero estos niños sí que conocen esa calle por la que andan. Se ríen, pero temen. Hay algo de legendario en esa casa frente a la cual están pasando con su ganado. Hay algo de mito monstruoso. Puedo sentir en el frío finísimo que me entra por la ropa el miedo de estos arrieros. Y oigo su rezo para aplacar el miedo. Sin embargo dos de ellos creen que pueden controlar su miedo siempre y cuando provoquen y aumenten el miedo del resto del grupo. Entonces, como en un coro de brujas, comienzan a invocar al espíritu: –Juan del Monte, Juan del Llano, Juan Oscuro, Juan Lanoche, Juan de los Yuyales…–. Sus voces resuenan más graves cuanto más cercanas. Ya puedo oír el barro seco de la calle crepitando, los tambores de sus pechos. Suenan y aturden. Y me viene un impulso odioso. Salto del árbol y corro hasta internarme en los pastizales. Entonces empiezo a rodear a estos niños y a esas vacas y a azuzarlos con silbidos. Estoy corriendo a una velocidad salvaje, saltando charcos de barro y alambrados como un zorro furtivo, encerrando en un círculo imaginario a estos niños y a esas vacas. Asustándolos. Hiriéndolos de terror con siseos y susurros. Soy una voz invisible en los pastos agitados. Ellos le temen a Juan del Monte. Y yo ya no sé más a qué temerle.

Publicado originalmente en Axxón Ficción Breve Nro 61