jueves, 28 de noviembre de 2013

Bruxismo

Creo que no me estoy alimentando bien. Me refiero al alimento en general, al significante comodín que encuentra en el proceso de osmosis la metáfora perfecta para definir la vida. Esa obstinada máquina de tapar huecos. 
Alimentarse no es desayunar, almorzar, merendar y cenar. Todo es metabolizable: no hay otra cosa que vacíos por llenar. Tal vez sea eso lo que mi mandíbula intenta deshacer cada noche. Muelas contra muelas, y en el medio… el sentido de la vida, su metabolismo elemental. 
No se dañan tanto los dientes mordiendo un hueso, como cuando intentan contra toda esperanza deshacer la estructura inmortal que sostiene la existencia. Masticar nada es un esfuerzo desmedido. Más allá de los límites de la resistencia física. Se quiebran los esmaltes, se desplantan las raíces, se luxan los huesos, se lesionan músculos y articulaciones. Todo en función de tragarse los significados, soluciones nutrientes para cada uno de mis problemas. 
Hay que comer. Devorarse el mundo. Devenir Pac Man: cuando no haya más que comer, se sube de nivel y el laberinto vuelve a llenarse de puntos blancos –todo se explica en la infinita sucesión de niveles, fantasía de la fuente inagotable–. Comer en serio, todo, con tal de no ponerse a desmenuzar la nada; con tal de no romperse las muelas tratando de asimilar el absurdo.