Día verde


8/8/18

Lluvioso y frío, aunque verde por todas partes. Verde una cintita atada a un poste de luz. Verde un pañuelo en la mochila de una mujer que sube al colectivo. Verde las plantas invernales. Verde ventanas de las que cuelgan cortinas verdes, que hoy quieren brotar para hacerse ver. Verde las pibas de segundo año, maquilladas de brillantina verde en los ojos y en los pómulos. Uñas verdes sosteniendo un paraguas. 
No sé por qué hoy, pero pienso en la chica de la que me enamoré en el vuelo de Salónica a Amsterdam. No puedo sacarme su imagen de la cabeza. Como si ella, al pasar frente a un espejo (al espejo que yo fui) hubiese dejado su imagen viva. No una foto, sino esa figura corpórea, física, hecha de los más maravillosos fenómenos de la refracción lumínica. 
En clase leo La Muerta de Maupassant, a viva voz, mientras las pibas me miran embelesadas porque dije “chiques” y que el aborto debe ser legal, seguro y gratuito, y que el Estado no debería tener poder sobre el cuerpo de la mujer. 
Y mientras leo, Maupassant envidia a los espejos: “¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor!” 
Me detengo en ese fragmento. Lo leo dos veces. Las pibas no entienden. ¡Por supuesto que no! Viene a mi memoria la voz de Silvio “ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve”. Y hoy, mientras la Plaza de los Dos Congresos se llena de millones de pañuelos verdes, yo me pienso hombre-espejo, deconstruyéndome. 
¿Por qué hoy, digo, después de todo, vengo a pensar en ella? La vi unos metros atrás, en la fila para subir al avión. Llevaba una mochila y una valija pequeña con rueditas. Usaba una musculosa color lluvia. Morocha, nariz recta y finamente angulada. Cejas oscuras y ceño apenas sombrío. Viajaba sola, libre, fresca. Me miró una única vez, mientras yo hablaba con vos, espiándola a ella por encima de tu hombro izquierdo. No sé si me sonrió, pero yo reflejé una sonrisa. 
Subiendo al avión, no la perdí de vista ni un solo minuto. Seguía allí. ¿Volaría hasta Ezeiza como nosotros? Soñé por unos instantes. ¡Tan linda! Leía un libro en alguna lengua nórdica. Lo sé porque durante el vuelo, me levanté para ir al baño y pasé junto a su asiento sólo para ver qué hacía. Se parecía a vos. No sé si por ser tan linda, o es que era tan linda solo por parecerse a vos. Cuando llegamos a Amsterdam la perdí de vista. El aeropuerto inmenso se la devoró, dejando su hermosa imagen únicamente en mí. 
Ayer te dije que te vi más grande. Me gusta verte así. El viaje te hizo bien. Lo que no te dije es que te parecés más a ella, o al reflejo de ella que quedó en mis ojos. 
Fumo en la cocina esperando a que vuelvas de la Plaza. La puerta se abre y un lazo verde te sostiene el pelo. Tu pañuelo verde dice “somos la revolución”. Y yo, queriendo ser espejo que se olvida. ¡Qué infeliz! 
Cuando al final me encuentres entre los escombros del hombre que fui, decime, por favor, que vas a dedicarle al menos un segundo a ver cómo te ves en ese otro nuevo espejo que seré.




Imagen: instagram.com/diamonsi

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